Heraldos del Siglo XXI.


Nuestra vida debe estar centrada en el evangelio. No me refiero únicamente a las cosas que hacemos para la iglesia, sino realmente en todo tiempo; es muy fácil decir (o sentir) que tenemos el evangelio como centro de nuestro ‘todo’ cuando en realidad nuestras acciones, nuestras actitudes o nuestras conversaciones reflejan lo contrario. No escribo esto como una respuesta al caso particular de mis conocidos y ni siquiera porque sea un problema que he detectado. Escribo porque ser olvidadizos es el común denominador de los que pecamos, incluso siendo cristianos olvidamos; nadie puede examinar con exactitud la condición personal de cada individuo, pero Dios sí puede.

            En Efesios 1:18,19 Pablo dedica un mensaje impactante a un grupo de cristianos; no a incrédulos y tampoco a nuevos conversos, sí a creyentes que eran capaces de entender cosas profundas como las descritas en los capítulos de la carta a los Efesios. El mensaje es el siguiente:

Mi oración es que los ojos de vuestro corazón sean iluminados, para que sepáis cuál es la esperanza de su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos…”.

¿Puedes notar como Pablo se incluye dentro de este grupo? “nosotros lo que creemos”. El asunto con este texto es que la mayoría de nosotros podría leerlo un lunes por la mañana y decir: “¡vaya!, gracias a Dios que yo entiendo todo eso”. No digo que no lo sepas, muchos pueden saber que significan esas palabras, pero realmente nos hemos preguntado si existe la posibilidad que esa oración inspirada por el Espíritu Santo vaya dirigida específicamente hacia nosotros, hacia a ti o a mí. ¿Existe la posibilidad de que los ojos de nuestro corazón hayan sido enceguecidos por los efectos multicolor que la cultura proyecta?; ¿puede ser que de este modo nos estamos privando de la felicidad de la esperanza, de la herencia de Cristo o del poder de Dios?

            Las respuestas corren a la cuenta de cada uno de nosotros. El Espíritu de Dios será quien ilumine nuestros ojos, pero esta obra no es unilateral; como sus hijos, Dios nos ordena buscarlo y conscientemente manifestar (a nosotros mismos y a todos) la buena noticia del evangelio): Jesús murió en una cruz para salvar pecadores. A razón de predicarles el evangelio a otros e incluso a nosotros, todo lo que hacemos debe estar saturado por una conciencia activa de compartir la buena noticia. Es decir, lo que quizá necesitas no es convertirte en cristiano ‘nuevamente’ (sino lo eres ¡por supuesto que sí!), en realidad ocupamos convertirnos en heraldos.

            No me gusta usar palabras tan poco usadas, pero es difícil proyectar una imagen tan vívida como lo que un heraldo es. Piensa en un presentador de noticias, algunos son memorables en la televisión; los imaginamos con su ropa limpia y elegante, su fuerte presencia al escritorio y esa gran capacidad de presentar las notas de una manera interesante: eso no es un heraldo. El heraldo sí comunicaba noticias u ordenes, sí tenia habilidad para hablar, también imponía respeto, pero su característica distintiva era su campo de trabajo. No se sentaba en un estudio, los heraldos estaban en el frente de batalla, en medio de la guerra, en el palacio, así mismo en medio de pequeños pueblos o de grandes ciudades. Donde quiera que una noticia, orden o mandato verdaderamente importante debiera ser anunciada un heraldo era enviado.

            Necesitamos heraldos, portadores de noticias que se manifiesten en todo lugar y no únicamente en las iglesias. Heraldos que presenten el evangelio en todos los contextos y no únicamente donde es ‘conveniente’ o ‘más fácil’. Los cristianos han de ser claros comunicadores en sus hogares, en sus centros de trabajo o de estudio, también en la práctica de sus deportes, en medio de la exposición de su arte, sus diseños o contenido. El anonimato no es una opción, la religiosidad lo es, el miedo lo es. Del evangelio se es heraldo o detractor. Si no se ha de vivir para anunciar la noticia más grande de este universo, para qué vivir.   

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