¿Cómo luchar contra el pecado? (Parte 1).


¿Cómo luchar contra el pecado?
(Esta es la Parte 1 de este serie, puedes ver la parte 2 Aquí)

Cuando nos acercamos al evangelio, esta es una de las primeras preguntas que inquietan nuestra alma y vida renovada. El pecado es nuestro más grande problema; al entender el despreciable daño que este provoca en los seres humanos y lo ofensivo que es contra la Santidad de Dios, no hay ni un solo redimido en el que no exista el deseo de vencer la maldad en su vida. Esto se debe a que todo hijo de Dios ha sido libertado del pecado, Romanos 8:2 dice lo siguiente:

“Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte” (LBLA).

Aquel que vive bajo el gobierno del Espíritu (es decir, todo verdadero discípulo), ya no vive bajo el gobierno del pecado y de la muerte. Bajo un gobierno territorial el que ejerce poder y autoridad es llamado gobernador o regente, en su jurisdicción sus órdenes son obedecidas. Este texto nos presenta dos, y solo dos, gobiernos: El gobierno de la muerte, regido por el pecado; y el gobierno de la vida que es regido por el Espíritu de Dios.

            Habitar bajo el gobierno del pecado es lo más cómodo para el ser humano, su naturaleza caída le permite vivir plácidamente en ese ambiente, ¡bebemos como agua la maldad! (Job 15:16); a su vez este ambiente es el más toxico y mortal, todo aquel que convive gustosamente en el pecado probara su amarga consecuencia: la muerte. No obstante, por el poder de Dios, todos los que han colocado su fe en Cristo han sido liberados de la ley del pecado y de la muerte, el gobierno y dominio del maligno no tiene más poder sobre ellos (Romanos 6:6-7).

            Ahora bien, si esta libertad es una realidad en nuestras vidas, ¿por qué seguimos luchando con diversos pecados en nuestra vida? La respuesta radica en que aunque somos hijos de Dios, rescatados de las consecuencias del pecado y con la promesa de vida eterna, todavía habitamos en un cuerpo de muerte (Romanos 7:18,23). La Biblia se refiere a esta inclinación corporal a la maldad como carne, esto significa que nuestro cuerpo y mente tienen una tendencia natural (desde la caída en Génesis) a buscar y disfrutar del pecado. No hay que enseñar a un niño a pecar, él lo aprenderá por sí mismo.

            No obstante, el remanente del pecado en nuestra carne está próximo a desaparecer por completo, nuestro cuerpo será transformado en un cuerpo incorruptible a la imagen misma de la perfección gloriosa de Jesús (1 Corintios 15:52; 1 Juan 3:2). Mientras ese anhelado momento llega, las Escrituras nos invitan a lidiar contra el pecado, mas no en la concepción tradicional de combate. Colosenses 3:5 nos dice:

“Así que hagan morir las cosas pecaminosas y terrenales que acechan dentro de ustedes. No tengan nada que ver con la inmoralidad sexual, la impureza, las bajas pasiones y los malos deseos. No sean avaros, pues la persona avara es idólatra porque adora las cosas de este mundo” (NTV).

Por medio de este texto, Dios ordena que todos sus hijos luchen contra el pecado en sus vidas. Sin embargo, es saludable observar que esta lucha no es una lucha frontal, mucho menos individual. Ver la lucha contra el pecado como un combate fuerza contra fuerza es una locura, esta dificultad empeora al considerar que Satanás, el principal orquestador del pecado, es un enemigo con miles de años de experiencia. El diablo es efectivo en su misión ya que conoce las debilidades humanas y sabe qué pecado es particularmente tentativo para cada uno de nosotros. Querer luchar directamente contra las tentaciones, el pecado y el diablo es confiar demasiado en nuestras fortalezas. En palabras de Salomón, “¿Puede alguien echarse brasas en el pecho sin quemarse la ropa?” (Proverbios 6:27), la respuesta es obvia: con el pecado no se puede jugar ni competir, él ha derrotado a cada uno de los campeones humanos.

            Con todo, esto no significa que no debemos hacer nada contra el pecado, mucho menos que la lucha por la santidad es una pérdida de tiempo y esfuerzo. Indudablemente, si propones en tus fuerzas poder derrotar el pecado, ya has fracasado; fuera de la gracia de Dios y su poder en el Espíritu no existe modo de vencer el pecado y maldad en nuestros miembros. La forma en que las Escrituras nos llaman a hacer guerra espiritual es de una manera indirecta. Sí, indirecta; y los ataques indirectos no son ineficaces. El día de mañana (Parte 2) lo explicaré a la luz de dos versículos, sería bueno que meditásemos juntos en estos pasajes desde hoy:

  • Santiago 4:7,8a “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros.”
  • Hebreos 12:1,2 “[…] despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…”



-Rafael Tort.

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