¿Cómo luchar contra el pecado? (Parte 2)



En la entrada del día de ayer (Parte 1) repasábamos algunas realidades de la vida cristiana, en especial el deseo de los hijos de Dios por derrotar el pecado y la imposibilidad de vencerlo en nuestras propias fuerzas. Fuera de la gracia de Dios ningún seguidor de Cristo podrá matar el pecado en su vida. Esto se debe a que la lucha contra pecado no es un combate fuerza contra fuerza, de ser así el pecado y Satanás siempre triunfarían. La batalla por la santidad debe ser ejecutada desde un campo alternativo, de manera indirecta.

     1. La batalla contra el enemigo de nuestras almas.

Mucho se ha dicho y escrito sobre la guerra contra Satanás y sus huestes (probablemente demasiado); sin embargo, mucha de esta información carece de sustento bíblico y atiende a realidades supersticiosas que algunos han perfeccionado en sus mentes. Aun así, negar la realidad de una guerra espiritual es equivocarse, este conflicto es claramente documentado por Pablo al recordarnos que la lucha real del creyente se desarrolla en un plano más allá de lo físico (Efesios 6:12). De este modo, las Escrituras dan testimonio de cómo luchar contra el diablo y, por la gracia de Dios, no es de forma independiente:

Santiago 4:7,8a “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros.”

A la luz de esta porción de la Palabra de Dios, la forma de resistir al diablo es sometiéndonos a Dios. La única forma de poder resistir los ataques del enemigo es rindiéndonos, pero en el lugar correcto: a los pies del Señor. Es paradójico pensar que una rendición pueda llevarnos a la victoria, pero este es el único camino a la santidad verdadera. Reconocer nuestra incapacidad para derrotar a tan engañoso adversario es la clave para que Dios nos pueda dotar de los dones y herramientas necesarias para poder levantarnos y ganar. Pedro nos dice: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros”; aquel que se esfuerza por buscar a Dios se topará con la sorpresa de ser encontrado por Dios. El diablo huirá derrotado de la batalla siempre que nosotros huyamos a los brazos del Señor.

En el libro ‘El Progreso del Peregrino’ se narra el duro combate entre Cristiano y el abominable demonio Apollyón; durante la batalla, la fuerza de Apollyón acorrala a Cristiano en una mortal dificultad, Cristiano ha perdido su espada y a pesar de tener la armadura de Dios se encuentra muy lastimando. Cuando todo parece perdido y Cristiano está a punto de aceptar su trágico desenlace, la providencia de Dios interviene. En un habilidoso movimiento Cristiano recupera su espada y da una estocada mortal a Apollyón¸ este huye en sus alas de dragón para no ser visto de nuevo por el victorioso guerrero. Al concluir la pelea, Cristiano acude a sus rodillas y agradece al responsable de su victoria orando lo siguiente:  

“Beelzebub se propuso mi ruina, mandando contra mí su mensajero a combatirme con furiosa inquina, y me hubiera vencido en trance fiero; mas me ayudó quien todo lo domina, y así pude ahuyentarle con mi acero: a mi Señor le debo la victoria, y gracias le tributo, loor y gloria” (El Progreso del Peregrino, cap.IX).

Toda nuestra capacidad de respuesta y resistencia tendrá una relación directa con la dependencia a nuestro Dios y Señor. En la intimidad, Él nos dotará de la armadura necesaria (Efesios 6:10-18), de la potencia de su gracia (2 Corintios 12:9) y de la fuerza de su amor (Hebreos 4:15); la necesidad de acércanos a Él, es nuestro privilegio.

     2. La batalla contra el pecado.

Hebreos 12:1,2 “[…] despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…”

Una vez derrotado el enemigo tendremos que lidiar con un problema que nace en el interior de nuestro corazón: el pecado. Cada uno de nosotros es tentando conforme a sus debilidades personales, y estas darán a luz el pecado una vez que decidamos rendirnos a su falso placer (Santiago 1:14,15). El texto de Hebreos 12, citado arriba, nos invita a despojarnos de “todo peso y del pecado que nos asedia” ya que con ellos a nuestras espaldas recorrer la vida cristiana es insostenible y hasta mortal (Hebreos 10:26-29). Aunque esta responsabilidad es personal, por la gracia de Dios, no depende únicamente de nosotros.  

            El autor de la carta nos indica la forma en la que esa carrera debe ser desarrollada: con paciencia y “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb.12:2). Correr la carrera de la santidad es imposible si no ponemos nuestros ojos en Jesús. Fuera del poder de Cristo vencer el pecado es imposible. En palabras de Jesús: “Velen y oren para que no cedan ante la tentación” (Mateo 26:41); ya que “si no permanecemos en oración permaneceremos en tentación” (John Owen), y en suma, aquel que está dispuesto a jugar con la tentación no dudara en enredarse con el pecado. A menos que nuestras almas no estén bien rendidas en comunión con Dios, el pecado y sus amargas consecuencias constantemente arruinaran nuestro camino.

            Puestos los ojos en la belleza de nuestro Salvador cualquier otra cosa, por encantadora que sea, será nada en comparación con la hermosura de Jesús. Ante el Sol de Justicia todos los astros se ven insignificantes, todas las luces son oscuras cuando la gracia brilla en la corona de Jesús; no importa cuánto poder tenga el pecado y cuantos a tu alrededor corran en pos de él, al mirar a Cristo encontraras toda la fuerza necesaria para derrotar cualquier cadena de pecado y tentación. 

            Junto con otros amigos y hermanos, me gusta llamar a este método: ‘Correr a Cristo’. En medio de cualquier circunstancia nunca está de más Correr a Cristo; cuando sientas que la tentación quiere dominar tu corazón, no es tarde para Correr a Cristo; cuando tus pensamientos te lleven al borde de la depresión o la ansiedad, siempre tendrás un Amigo al Correr a Cristo; aun cuando estés hundido en pecado y bajo la aflicción de tu conciencia, al Correr a Cristo siempre encontrarás perdón y amor eterno. Créeme, al perseverar en ello llegará un día donde te presentarás delante de Dios, y de sus amantes labios escucharás las palabras ‘entra en el gozo de tu Señor’, y podrás Correr a Cristo para permanecer con él por los siglos de los siglos.


-Rafael Tort.

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