La esperanza del evangelio y la paciencia de los hijos de Dios.
“Alma mía, espera en silencio solamente en Dios,
pues de El viene mi
esperanza.”
-Salmo 62:5.
La obra de Jesús rescata a
hombres pecadores de un destino infranqueable, su muerte expiatoria y
sustitutiva nos salva por completo; el Salvador nos redimirá plenamente en su
venida en gloria: la glorificación de nuestro cuerpo, la santificación de
nuestras almas y la comunión eterna con él. En ese momento nuestra espera terminará, puesto que Cristo mismo nos poseerá y nosotros estaremos anclados
por vista y experiencia a nuestro rey. Por
ahora, sin embargo, esperamos; sí, en Dios esperamos.
Esperamos en
su promesa, en su pacto, en su fidelidad; sin duda él lo hará, nos dejó en el
Espíritu la más grande garantía, “fuisteis
sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como
garantía de nuestra herencia” (Efesios
1:13,14). Su Santo Espíritu nos guiara en todo tiempo: en la falta de
futuro, en el desesperante presente, o bajo la persecución del tempestuoso
pasado. Su función es recordarnos las palabras de Dios, las oraciones de
Cristo, en suma, la potencia de nuestra esperanza.
Por ahora,
debemos esperar tranquilamente en él, enseñar a nuestra alma a guardar
silencio, a confiar en el Soberano. Él proveerá conforme a sus riquezas en
gloria (Filipenses 4:19), aun cuando
todas las opciones se deslicen como agua entre nuestras manos, aun cuando las
oportunidades, prospectos y planes se pierdan como polvo entre el viento; aun
así, en medio de todo, al prestar más atención y esperar en silencio podremos ver
la esperanza de Cristo en nuestras manos, su gobierno entre el viento, su amor
en la calma.
Espera en Dios; sí, espera en
Dios.
-Rafael Tort.
-Rafael Tort.

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