Crucifixión, Resurrección y Sustitución - Charles Spurgeon
Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo
que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se
enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas;
mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al
pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 6:8-11).
Los hechos a los que estos cuatro
versículos se refieren constituyen el glorioso evangelio que predicamos: 1. El primer hecho indicado aquí muy
claramente es que Jesús murió. Él, quien era divino y por lo tanto
inmortal, se sujetó a la muerte. Él, cuya naturaleza humana estaba entrelazada
con la omnipotencia de su naturaleza divina, accedió gustosa y voluntariamente
a someterse a la espada de la muerte. Él, quien era puro y perfecto, y por lo
tanto no merecía la muerte, la cual es la paga del pecado, por nuestro bien
aceptó entregarse para morir. Esta es la segunda nota en la escala musical del
evangelio. La primera nota es la encarnación: Jesucristo se hizo hombre. Los
ángeles consideraron esto digno de sus cantos e hicieron vibrar los cielos con
sus melodías de la medianoche. La segunda nota, digo yo, es esta: “Y estando en
la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:8).
Murió como
sacrificio. Opino que después de que muchos corderos de las manadas de los
hombres habían derramado su sangre al pie del altar, era un espectáculo extraño
ver al Cordero de Dios llevado a ese mismo altar para ser sacrificado, sin
mancha ni defecto ni nada parecido. Él es la primicia de la manada; él es el Único
del Gran Soberano, miembro de la realeza, el Cordero celestial. Nunca antes se
había visto un Cordero semejante. Él es el Cordero que es adorado en el cielo,
y es digno de ser adorado por toda la eternidad. ¿Aceptará esa Cabeza Sagrada
sentir el golpe del hacha? ¿Será esa víctima gloriosa realmente sacrificada?
¿Es posible que ese Cordero de Dios de veras se someta a morir? Lo hizo sin
ofrecer ninguna resistencia. No abre su boca en el matadero a mano de sus
verdugos; cede a ellos la tibia sangre de su corazón a fin de expiar la ira de
Dios.
¡A contarlo!
¡Haya música en el cielo y que el infierno esté lleno de confusión! Jesús, el
Hijo eterno de Dios, el Cordero de la Pascua de Jehová, murió. Sus manos fueron
traspasadas, y su corazón fue quebrantado. Como prueba de la puntería con que
la punta de la lanza dio en el blanco, el fluido vital brotó en una inundación
doble, aun hasta el suelo, y así Jesús murió. Si hubiera alguna duda de esto,
habría dudas sobre la salvación de ustedes y de la mía. Si hubiera alguna razón
para cuestionar este hecho, entonces podríamos cuestionar la posibilidad de la
salvación. Pero Jesús murió y el pecado fue pagado. El humo del sacrificio sube
al cielo; Jehová siente el dulce aroma y se complace a través de Cristo, la
Víctima, en aceptar las oraciones, las ofrendas y a los que constituyen su
pueblo.
Tampoco murió
como una víctima solamente: murió como un sustituto. Fuimos llamados como
soldados para la gran batalla, y no pudimos ir; éramos débiles, hubiéramos
caído en la batalla y dejado nuestros huesos para ser devorados por los perros
del infierno. Pero él, el poderoso Hijo de Dios, se convirtió en un Sustituto
por nosotros, salió al campo de batalla y se sostuvo ante el primer ataque del
adversario en el desierto. Tres veces repulsó al nefasto Maligno y todas sus
huestes, hiriendo a sus atacantes con la espada del Espíritu, hasta que su
enemigo huyó y los ángeles comenzaron a servir al cansado Vencedor. El
conflicto no había terminado, el enemigo solo se había retirado para fabricar
nueva artillería y reclutar las fuerzas dispersas para una arremetida más
terrible. Durante tres años, el gran Sustituto mantuvo su terreno contra
asaltos continuos de las fuerzas de avanzada del enemigo, permaneciendo
vencedor en cada encuentro… Los demonios de los poseídos por ellos fueron
echados fuera, legiones enteras fueron obligadas a encontrar refugio en una
manada de cerdos, y Lucifer mismo cayó como relámpago del cielo de su poder.
Por fin llega
el momento cuando el infierno junta todas sus fuerzas y es también el momento
cuando Cristo, como nuestro Sustituto, tiene que demostrar su obediencia hasta
las últimas consecuencias, tiene que ser obediente hasta la muerte. Hasta ahora
ha sido un Sustituto, ¿renunciará ahora a su carácter vicario? ¿Renunciará a
sus responsabilidades y dirá que nos defendamos solos? No, él no. Se ofreció y
tiene que cumplir. Sudando grandes gotas de sangre, no vacila ante el aterrador
asalto. Con manos y pies lastimados se mantiene firme. Y, a fin de ser fiel en
su obediencia, se entregó para morir, y al morir mató la muerte, puso su pie
sobre el cuello del dragón, aplastó la cabeza de la antigua serpiente, y venció
a nuestros adversarios como si fueran polvo del campo. Sí, el bendito Sustituto
ha muerto. Digo, si existe alguna duda en cuanto a esto, entonces tal vez
tengamos que morir, pero como él murió por nosotros, el creyente no tiene que
morir. La deuda ha sido saldada hasta el último centavo… La espada de Dios ha
sido envainada para siempre, y la muerte de Cristo la ha sellado en su vaina.
¡Somos libres, porque Cristo fue constreñido! ¡Nosotros vivimos, porque Jesús murió!
Así como murió
como un sacrificio y como un sustituto es un consuelo para nosotros saber que
Cristo también murió como Mediador entre Dios y el hombre. Existía un gran
abismo entre ambos, de modo que si queríamos cruzarlo para acercarnos a Dios,
no podíamos; tampoco podía él cruzarlo para acercarse a nosotros si se hubiera
dignado a rebajarse para hacerlo; pero Jesús viene vestido con su ropaje
sacerdotal, usando una coraza, portando el efod, un sacerdote eterno de la
orden de Melquisedec. Su carácter real no es olvidado, porque su cabeza está
adornada con una corona reluciente, y sobre sus hombros lleva el manto del
profeta. ¿Cómo puedo describir las glorias sin par del Profeta-rey, el
Sacerdote Real? ¿Se arrojará al abismo? Lo hará. ¡Se lanza a la tumba, el
abismo se cierra! ¡Se tiende un puente sobre el vacío, y Dios puede tener
comunión con el hombre!
Veo ante mí el
pesado velo que protege de los ojos mortales el lugar donde brilla la gloria de
Dios. Ningún hombre debe tocar ese velo, de otra manera muere. ¿Existe el
hombre que puede rasgarlo? Tal hombre puede acercarse al trono de Dios. ¡Oh,
que el velo que separa nuestras almas de él, que mora entre los querubines,
pudiera ser rasgado totalmente de arriba abajo! Arcángel poderoso, ¿te atreves
a rasgarlo? Si te atrevieras, renunciarías a tu inmortalidad, y tendrías que
morir. Pero viene Jesús, el Rey Inmortal, Invisible, con sus manos poderosas:
él rasga el velo de arriba abajo, y ahora los hombres se acercan con confianza,
porque cuando murió Jesús se abrió un camino de vida. ¡Cantad, oh cielos, y
regocijaos, oh tierra! ¡Ya no hay una pared separadora, porque Cristo la
derrumbó!… Ésta, pues, es una de las grandes maravillas del evangelio, el hecho
de que Jesús murió! ¡Oh, ustedes que anhelan ser salvos, crean que Jesús murió!
Crean que el Hijo de Dios expiró. Confíen en esa muerte para salvarlos, y serán
salvos.
2. Pero Jesús resucitó: ésta no es una parte insignificante del
evangelio. Jesús muere, lo colocan en el sepulcro nuevo, embalsaman su
cuerpo con especias, sus adversarios se cuidan de que su cuerpo no sea robado.
La piedra, el sello, los guardias son prueba de su vigilancia. ¡Ajá ¡Ajá! ¿Qué
hacen, señores? ¿Pueden encerrar la inmortalidad en una tumba? Los demonios del
infierno, también, sin duda, observaban el sepulcro, preguntándose qué
significaba todo eso. Pero llega el tercer día, y con él el mensajero del
cielo. Toca la piedra y ésta rueda, dejando abierta la entrada; se sienta sobre
ella, como si desafiara a todo el universo a volver a colocarla. Jesús
despierta de su sueño como un hombre poderoso, se quita la venda de la cabeza y
la pone a un lado, desenrolla los lienzos con que lo envolvieron con amor y los
coloca aparte, porque tiene bastante tiempo, no tiene apuro, no está por huir como
un criminal que se escapa de la cárcel, sino que se comporta como uno a quien
le ha llegado el momento de quedar en libertad y tranquilamente sale de su
celda. Da un paso hacia arriba en el aire, brillante, resplandeciente, glorioso
y hermoso ¡Él vive! ¡Había muerto, pero se levantó de entre los muertos! No
hace falta que nos explayemos sobre el tema. Solo hacemos una pausa para
comentar que ésta es una de las notas más jubilosas en la escala musical del
evangelio… ¡La muerte ha sido vencida!
Tenemos aquí a un hombre quien por su propio poder pudo forcejear con la muerte
y derribarla. ¡La tumba está abierta! Tenemos aquí a un hombre que pudo retirar
rápidamente los cerrojos y robar sus tesoros. Y así, hermanos, habiéndose
liberado él mismo, puede también liberarnos a nosotros.
También el
pecado fue manifiestamente perdonado. Cristo estaba en la cárcel como un rehén,
guardado allí como fianza. Ahora que ha sufrido para ser libre, es una
declaración en nombre de Dios de que nada tiene contra nosotros. Nuestro Sustituto
ha sido liberado; nosotros somos liberados. El que asumió la responsabilidad de
pagar nuestra deuda ha sido puesto en libertad; ¡nosotros somos puestos en
libertad en él! “El cual fue… resucitado para nuestra justificación” (Rom.
4:25). Aún más, en cuanto se levantó de los muertos, nos da su promesa de que
el infierno ha sido derrotado. Este era el objetivo del infierno: mantener a
Cristo bajo su calcañar. “Y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3:15). Se
habían posesionado del calcañar de Cristo, su carne mortal bajo su poder, pero
el calcañar herido salió curado. Cristo
no sufrió ninguna herida por haber muerto… Amados, en esto triunfaremos: el
infierno ha sido derrotado, Satanás ha sido turbado, y todas sus huestes han
caído ante Emmanuel. ¡Pecador, cree esto! Es el evangelio de salvación. Cree
que Jesús de Nazaret resucitó de entre los muertos, y confía en él; ¡confía que
salvará tu alma! Porque arrasó con las puertas de la tumba, confía que él cargó
tus pecados para justificarte, para vivificar tu espíritu y para levantar tu
cuerpo muerto: y de cierto, de cierto te digo, ¡serás salvo!
3. Ahora tocamos una tercera nota, sin la cual el evangelio no está
completo: así como Jesús murió, ahora vive. No sucedió que después de
cuarenta días volvió a la tumba. Dejó esta tierra, pero de otro modo. Desde la
cima del Olivar ascendió hasta que lo recibió una nube desapareciendo de
nuestra vista. Y ahora, este mismo día, él vive. ¡Allí está, sentado a la
diestra de su Padre, resplandeciente como un sol, vestido de majestad, disfrutando
del gozo de todos los espíritus glorificados y del gozo inmenso de su Padre!
Allí sentado ¡Señor de Providencia! A su costado cuelgan las llaves del cielo,
de la tierra y del infierno. Allí sentado, espera la hora cuando sus enemigos
yacerán a sus pies. Me parece verlo también viviendo para interceder. Extiende
sus manos cicatrizadas, señala su coraza que lleva los nombres de los que son
de su pueblo, y por el bien de Sión no permanece quieto, por el bien de
Jerusalén no descansa ni de día ni de noche, sino que ruega constantemente: ¡Oh
Dios! Bendice tu herencia; reúne a tu heredad. “Padre, aquellos que me has
dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Juan 17:24).
Penitente
temeroso, deja que el Salvador viviente te alegre. Ten fe en él, el único que
tiene inmortalidad. Él vive para oír tu oración; clama a él, él vive para
presentar esa oración ante el rostro de su Padre. ¡Ponte en sus manos! Él vive
para juntar a aquellos que compró con su sangre, para integrar en su manada a
aquellos que compró. Pecador, ¿crees que esto es cierto? De ser así, que tu
alma repose en esta verdad, hazla la razón de tu confianza, y entonces serás
salvo.
4. Una nota más y nuestro canto del
evangelio va llegando a su fin: Jesús murió, resucitó, vive y vive para
siempre. No volverá a morir “la muerte no se enseñorea más de él” (Rom.
6:9)… Las enfermedades pueden visitar al mundo y llenar las tumbas, pero no hay
enfermedad ni plaga que pueda tocar al Salvador inmortal. El shock de la catástrofe
postrera sacudirá al cielo al igual que a la tierra, hasta que las estrellas
caigan como hojas secas de la higuera, pero nada moverá al Salvador
inalterable. ¡Vive para siempre! No existe posibilidad de que sea vencido por
una muerte nueva… Esto, también, revela otra parte de nuestro precioso
evangelio, porque ahora es seguro que, porque vive para siempre, ningún enemigo
puede vencerlo. ¡Ha vencido y ha hecho huir de tal manera a sus enemigos del
campo de batalla que nunca se atreverán a volver a atacarlo! Esto prueba
también que la vida eterna de su pueblo es segura… ¡Él vive para siempre! Oh,
Semilla de Abraham, eres salvo con una salvación imperecedera por las
misericordias seguras de David. Tu posición en la tierra y en el cielo ha sido
confirmada eternamente. Dios es honrado, los santos son confortados, los
pecadores son vitoreados porque “puede también salvar perpetuamente a los que
por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb.
7:25).
Ahora ruego a
Dios que puedas afirmar tu fe en una de estas cuatro anclas a fin de hallar
descanso. Jesús murió, pobre temeroso. Si él murió y cargó con tus pesares,
¿acaso no te salvará su expiación? Descansa en esto. Millones de almas han
descansado en nada más que la muerte de Jesús, y éste es un fundamento de
granito. ¡Ninguna tormenta del infierno puede sacudirlo! Aférrate bien a su
Cruz; sostenla, y ella te sostendrá a ti. No puedes depender de su muerte y ser
engañado… Pero si esto no te basta: Él volvió a vivir. Apégate a esto. Ha dado
pruebas de ser el Triunfador sobre el pecado y sobre tu adversario, por lo
tanto ¿acaso no podrás depender de él? No cabe duda de que han existido miles
de santos que han encontrado el más rico consuelo en el hecho de que Jesús
resucitó de entre los muertos. Resucitó para nuestra justificación. Pecador,
aférrate a eso. Habiendo resucitado, vive. No es un Salvador muerto, un
sacrificio muerto. Debe poder oír nuestras plegarias para presentar las
propias. Entrégate al Salvador viviente, entrégate a él ahora. Él vive para
siempre, por lo tanto no es demasiado tarde para que te salve. Si clamas a él,
él escuchará tu oración, aun si fuera en el último instante de tu vida, ¡porque
él vive para siempre! Aunque llegara el fin del mundo y tú fueras el último ser
humano, aun así él vive para interceder ante su Padre. ¡No andes deambulando
tratando de encontrar alguna otra esperanza!
Aquí tienes cuatro grandes rocas para ti.
Edifica tu esperanza sobre éstas, no puedes desear fundamentos más seguros: ¡Él
muere, él resucita, él vive, él vive para siempre! Te digo, alma, que
ésta es mi única esperanza, y aunque me apoyo en ella con todo mi peso, no se
doblega. Ésta es la esperanza de todo el pueblo de Dios que permanece seguro en
ella. Ven, te ruego, ven ahora y descansa en ella. ¡Quiera el Espíritu de Dios
traer a muchos de ustedes a Cristo! No tenemos otro evangelio. Te pareció que
sería algo difícil, algo sabihondo, un tema que tendrías que aprender en el
colegio, que la universidad te daría. No tiene nada que ver con aprendizaje ni
erudición. Tu hijo pequeñito lo sabe, y puede ser salvo por ella. Tú, que no tienes
educación, tú que apenas puedes leer un libro, tú puedes comprender esto. Él
muere: está la Cruz. Él resucita: está la tumba abierta. Él vive: está el
Salvador que ruega. Él vive para siempre: está su mérito perpetuo. ¡Confía en
él! Pon tu alma en sus manos… y sé salvo.
De un sermón predicado el domingo 5 de abril de 1863 por la mañana en
el Tabernáculo Metropolitano, Newington.
Extraído del Libro El Evangelio de la Gracia de Dios. Editorial: Portavoz de la Gracia, disponible de manera
gratuita AQUÍ

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