La Imagen de Dios restaurada
Todo cristiano ha nacido de nuevo. Este no es un cliché evangélico o
una frase motivacional que supone el comienzo de un nuevo ciclo místico en la
vida. El nuevo nacimiento de cada hijo de Dios es una realidad al cien por
ciento, literalmente todos los que han sido salvados por Dios han nacido de
nuevo, son nuevas personas y Dios Espíritu ha formulado un cambio en su ser
entero al unirlos a Cristo; sin embargo, este es el inicio del nuevo pacto, no el
inicio de la historia humana.
En el principio, Dios creó al ser humano a su
imagen y semejanza, lo dotó de las más excelentes virtudes para que pudiese
vivir en la tierra de manera digna y en el Sabbath
(reposo) del Señor, pero fallamos. Al buscar nuestra deificación nos
revelamos contra la santidad de Dios al violar su voluntad (Gén. 2:7, 3:4); quebrantado el pacto, Dios
dictaminó la sentencia establecida, le dijo al primer Adán: “¡Maldita será la
tierra por tu culpa!” (Gén. 3:17). La
maldición impera desde ese momento sobre toda la creación terrenal de Dios, y
bajo el comando del usurpador Satanás el hombre creado a la imagen de Dios vive
esclavizado al pecado. La imagen de la Divinidad fue violentada, y lo que queda
ahora en nosotros son las ruinas de lo que una vez fue un edificio portador de
la autoridad Dios, no significa esto que el hombre ya no sea portador de la imagen de Dios, pero si la tiene no es de manera plena; como los grandes palacios aztecas, mantiene las estructuras generales que lo identifican, pero nunca el esplendor original. No obstante, a lo largo de la historia bíblica podemos ver
cómo la gracia de Dios se extiende a diversos personajes, pecadores como
Abraham, Noé, Moisés, Rahab o Rut experimentaron la misericordia de Dios que se
acercaba a ellos y que los acercaba a
la comunión con Dios. El Creador siempre ha sido el agente que nos busca a
nosotros para que podamos encontrarlo y conocerlo.
La extensión última de esta misericordia y pleno cumplimiento
de las gracias anteriores (Heb. 1:2, 8:5)
fue el pacto de redención extendido en el Hijo de Dios, Jesucristo. La segunda
persona de la trinidad tomó forma de hombre, Juan. 1:14 literalmente enseña que el verbo se hizo sarx, palabra griega utilizada en el
Nuevo Testamento para hacer referencia al cuerpo humano en su calidad de carne;
ver la carne humana como sucia, pecadora o infectada por el mal en
contraposición con el ser interior es una perspectiva gnóstica más que
cristiana. El ser humano no está en una prisión corporal de maldad esperando la
liberación de la muerte, de ser así podríamos amputarnos partes del cuerpo esperando
que tengamos menos tentaciones y pecados. Jesús en su calidad de ser humano y
como fiel sacerdote realizó una mediación perfecta (plenamente humana y divina)
en la cruz del calvario, por eso Hebreos
9:13,14 dice:
“La sangre de
machos cabríos y de toros, y las cenizas de una novilla rociadas sobre personas
impuras, las santifican de modo que quedan limpias por fuera. Si esto es
así, ¡cuánto más la sangre de Cristo,
quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra
conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios
viviente!” (cursivas añadidas).
Al resucitar de entre los
muertos, Cristo fue el primogénito de los hombres glorificados y renovados a la
imago Dei; no que Jesús no fuera
pleno antes de venir a la tierra, pero en su misericordia se vació en un cuerpo
de carne sujeto al sufrimiento humano para que nosotros podamos ser partícipes
de su nueva naturaleza. A pesar de su corporeidad humana, vivió perfectamente y
murió por nosotros, él fue el precursor de nuestra futura glorificación y Dios quería
glorificarse de esta manera al salvar pecadores. Pensar en la salvación en términos
meramente espirituales e internos sería descuidar la perspectiva de salvación
completa que Dios planeó desde el principio. Si bien es cierto que actualmente
nuestra salvación solo ha tenido efecto en nuestras almas, cuando el día del
Señor llegue, resucitaremos y conoceremos a Cristo tal como es (1 Co. 13:12) no solo porque lo veremos sino
también por compartir la dicha de tener su semejanza corpórea (Salmos 17:15, leer en RV-60).
Podemos indagar más considerando el propósito de la
venida del Salvador, Jesús quiso redimir de entre los pecadores un pueblo para
él mismo y la vez reconciliar todas las cosas con Dios, incluida la creación y
nuestros cuerpos, las Escrituras nos enseñan:
“… a Dios le
agradó habitar en él con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar
consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en
el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (Colosenses 1:19,20).
La muerte de Jesucristo promete
la liberación del pecado y de la muerte, en términos materiales y espirituales.
Recordemos que cuando el pecado entro en la humanidad, tanto el corazón (ser
interno) como el cuerpo (ser externo) fueron manchados por la maldición de la
muerte; Dios a través de Cristo ha decidido redimir ambas partes del hombre. De
este modo, cuando una persona se acerca a Dios y cree en el evangelio da
evidencias de una realidad que tiene lugar en su ser entero, primeramente en su
espíritu por medio el nuevo nacimiento y en algún momento futuro en su cuerpo
al resucitar en el día final. Dios garantiza este objetivo a través del Espíritu
Santo que perfecciona y sella a los nuevos herederos de Dios (Ef. 1:13,14). Es el Espíritu Santo quien
inicia la obra que otorga fe salvadora (Ef.
2:8), triunfante (1 Jn. 5:4,5) y
que no descansará hasta la completa redención
(rescate, liberación) de nuestra
naturaleza caída.
Debido a esto hay que tener en cuenta que en el
nuevo nacimiento “el Espíritu nos une, no a la divinidad de Cristo, sino a esa humanidad gloriosa que es inseparable de
la única persona divino-humana que él es” (Michael
Horton, Redescubrir el Espíritu Santo, pág.120). Esta nueva vida se distingue por ser una vida renovada y que vive libre de la esclavitud del pecado y de la
muerte (lee Rom. 6), aunque ciertamente existirán luchas contantes contra la
maldad (lee Rom.7), la victoria final está asegurada bajo el nuevo régimen del
Espíritu que reina en nosotros (lee Rom.8) y esta labor salvadora continuará
hasta el día de nuestra completa redención (Fil. 1:6).
Ahora como creyentes, tú y yo hemos renacido desde
la muerte, y esa imagen del Hijo de Dios se está formando en nosotros
internamente: poco a poco al acercarnos más a Dios y a su voluntad, finalmente se consumará en nuestra resurrección corporal. Debemos vivir a la
luz de estos privilegios, no temiendo a los que pueden humillar o dañar este organismo
caído, al final la mortalidad del mismo será absorbida por la inmortalidad de
nuestro nuevo cuerpo. Conocer esta promesa es un aliciente contra la lucha contra
el pecado porque no importando cuantas lágrimas nos hagan derramar nuestras
sensualidades, en medio del sufrimiento del combate podemos sonreír y saber que
estos residuos se extinguirán por completo. Solo es cuestión de respirar unos
cuantos días más para que el triunfo total de nuestro Capitán sea culminado.
-Rafael Tort.
-Rafael Tort.

¡Amén!, y ¡Gloria a Dios! por tan necesario post.
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