Job: mi otra historia.



Cuando empecé a rascarme con este pedazo de teja seguía pensando que duraría solo un poco más para después morir, mi piel se cae a pedazos pero lo que más me causa sufrimiento es el llanto de mi alma. ¿Por qué estoy sufriendo así? Por más que busco en los rincones de mi mente no recuerdo los pecados que me trajeron aquí, durante todos los años de mi vida he servido a Dios con integridad y él me ha bendecido mucho, soy el más rico de toda la región, o lo era… Pero ahora estoy afligido y estas llagas provocan que mis pensamientos se nublen. Sin embargo, sí recuerdo ese oscuro día. El día donde mi corazón empezó a quebrarse.

            Estaba sentado, contemplando las llanuras bajo la sombra de mi hogar, cuando de pronto vi que un hombre corría hacia mí y detrás de él otro más; también un tercer corredor; y finalmente, uno de los asistentes de mi hijo mayor. El primero en llegar fue Maliq, desesperado detalló el hurto de todos mis bueyes y asnos, al mismo tiempo describió el asesinato de mis trabajadores. Mientras escuchaba, Quatu interrumpió para decirme que todas mis ovejas y pastores habían muerto calcinados, ¡fuego descendió del cielo! Asustado y con lágrimas en los ojos fijé mi vista en Orfazad, sabía que traería otra mala noticia, vio mi rostro, apartó su mirada al piso y me dijo: «Tres bandas de saqueadores caldeos robaron sus camellos y mataron a los sirvientes; yo soy el único que escapó para contárselo».

            La noticia fue dura, pero no me inquiete tanto como cuando vi que Azrael interrumpió a Orfazad con tal dolor que hizo que la desesperación me sobrepasara, mi silla era más un pozo que un asiento, él me dijo: «todos tus hijos e hijas han muerto, se encontraban festejando en casa de tu primogénito cuando un fuerte viento derrumbó los cuatro costados; de entre todos ¡solo yo sobreviví!» ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo puedo contar esto sin sentir el dolor de mis propias hijas al morir aplastadas? Mis hermosas hijas, eran tan delicadas, no puedo evitar deshacerme en llanto al imaginar las enormes vigas cayendo sobre ellas; mis fuertes hijos seguramente lucharon un poco más y no pude estar ahí para socorrerlos, hubiera muerto con ellos.

            Finalmente, el pozo donde parecía estar sentado me vomitó y entre los gritos de mi dolor rompí mi túnica cual si fuera una delgada hoja. La angustia se apoderó de mis movimientos y sin pensarlo dos veces desenvaine mi puñal y corte todo el cabello de mi cabeza; mis pensamientos se hundían en tan profunda desesperanza que solo pude asirme de mi Dios. Me postre en la tierra como deseando que el suelo mismo me tragara, solo adoré a Dios: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo estaré cuando me vaya. Señor, tú me diste lo que tenía, y tú me lo has quitado. ¡Alabado sea tu nombre!»

            Jamás me atrevería a insultar al Creador, ¿cómo podría culparlo? Él no me debe nada, solo lloré, toda esa noche. Al día siguiente, entre los destellos del lucero de la mañana sentí un terror como jamás en mi vida, no sabía que era, un ente similar a una sombra me acosaba, no sabía si era real o si mi aturdida mente alucinaba. Escuche intermitentemente el rugido de un  feroz león mientras mis ojos se nublaban, sentí en mi cuerpo un ardor similar al causado por el aguijón de un escorpión. Mi vista se despejó y con la luz del sol pude ver en mis brazos, en mis pies y sentir hasta en mi cabeza supurantes llagas que como negras sanguijuelas exprimían mi sangre.

Sin saber cómo, había llegado a un depósito de ceniza, también llego mi esposa. Su mirada oscura  posaba sobre mí y su lengua tal áspid siseo: « ¿Todavía intentas conservar tu integridad? Maldice a Dios y muérete». La madre de mis hijos se atrevía a insultar así al Señor, ella misma ha participado de los frutos de su bendición por largos años y ahora que no era así, ha maldecido al Dios de nuestros padres. Sin querer levantar mi rostro le dije: «Hablas como una mujer necia. ¿Aceptaremos solo las cosas buenas que vienen de la mano de Dios y nunca lo malo?». Ni siquiera me escuchó, solo se deslizó lejos mí. De pronto, gritos desconocidos interrumpieron mi atención, gire mi cabeza y vi que eran mis amigos Elifaz, Bildad y Zofar.

Mientras se acercaban rasgaban sus vestiduras, daban alaridos y arrojaban polvo al aire; esa es la costumbre local para reflejar la pena, porque mi condición era vergonzosa. Se sentaron junto a mí y aunque no decían ni una sola palabra, podía percibir en sus expresiones el asombro. Las órbitas de los ojos de Bildad parecían brotar de sus cavidades, su mandíbula ejercía una gran presión pero sus labios permanecían cerrados, se notaba la sorpresa infantil de uno que observa el sufrimiento por primera vez. Zofar apretaba su labio inferior contra el superior y respiraba consistentemente, entonces me di cuenta de que no solo yo notaba el hedor de mis llagas. Elifaz tenía en su mirada un morbo que sufría e indagaba, sus manos estaban cerradas fuertemente y temblaban; notaba que tenía mucha necesidad de decir algo que no sabía ni comenzar.

Siete días enteros permanecieron conmigo, su compañía me era indiferente, puesto que mi dolor no disminuía por su sola presencia, y en cualquier momento abrirían sus bocas para proferir sus interpretaciones y para buscar las causas de mi pena. Al octavo día fue mi dolor el que no pudo guardar silencio, yo odiaba todo respecto a mi vida, y no podía hacer nada más que maldecirla:

«Que sea borrado el día en que nací, y la noche en que fui concebido. Que en ese día reine la oscuridad, que aun Dios lo de por perdido y por digno de ser olvidado:

Que el sol con su belleza duerma ese día y que las estrellas lloren en el extremo oscuro del universo. Que la penumbra reclame ese día para sí, y que las gruesas nubes lo devoren con su terror.

Que esa noche sea borrada del calendario y que nunca más se cuente entre los días del año, que ese mes sea sin nombre, sin alegría, sin alma.

Maldigo ese día por no haberse cerrado el vientre de mi madre, por haberme dejado nacer para presenciar toda esta desgracia. Mejor hubiera nacido muerto, ¿por qué me arropó mi madre entre sus pechos?

Si hubiera muerto al nacer, ahora descansaría en paz; estaría dormido y en reposo. Descansaría junto a príncipes y reyes.

¿Por qué no me enterraron como a un niño que nace muerto, como a un niño que nunca vivió para ver la luz?

Oh, ¿por qué dar luz a los desdichados, y vida a los amargados? Ellos desean la muerte, yo la deseo, pero no llega; buscan la muerte con más fervor que a tesoro escondido.

¿Por qué dar vida a los que no tienen futuro, a quienes Dios ha rodeado de dificultades? No puedo comer a causa de mis suspiros; mis gemidos se derraman como el agua.

Lo que yo siempre había temido me ocurrió; se hizo realidad lo que me horrorizaba. En un día lo he perdido todo y el Señor me ha quitado mis escudos, estoy indefenso ante sus flechas.

No tengo paz ni tranquilidad, la vida es una como una de estas llagas que se extingue; no tengo descanso, no puedo relajar mis excitados nervios, ni los agudos horrores de mis sueños.

No tengo paz ni tranquilidad, no tengo descanso; solo dificultades…».
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Este cuento es una adaptación de la vida de Job, se basa en las palabras y descripciones de su vida de los capítulos uno al tres del libro bíblico que lleva su nombre. Este, por supuesto, no es final de la historia de Job. Sin embargo, sí es un episodio de su vida, Dios ha permitido que se conserve hasta nuestros días para aprender que el llanto de los que sufren no puede ser reprendido solo con teología. Dios pudo haber intervenido en este momento de la vida de Job, pero el Señor dejó que Job hablara desde su perspectiva. Al final de la historia Dios interviene y asiste el sufrimiento de Job, también lo reprende, pero sobre todo lo sustenta.

            Nuestro llamado en un mundo caído, y en medio de personas que sufren es darle sentido a su sufrimiento, apelamos al Dios vivo que interviene en la historia humana por medio de Jesucristo, él sufrió como ninguno y por medio de arreglar el problema más grande que es nuestra enemistad con Dios, todo será restaurado como una consecuencia. Predicamos públicamente que Jesús reina y que él ha de consolar a los que sufren y a los que sufriremos, solo existen esos dos grupos de personas. Por medio del evangelio Dios nos ha librado del pecado y de sus consecuencias. Al final de la historia Él recibirá a sus hijos, a los que han creído en Jesús, los que han podido decir junto con Job: “Hasta ahora solo había oído de ti, pero ahora te he visto con mis propios ojos.”

- Rafael Tort. 

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